Lejos de la sensiblería, la idea fue pasarle por encima al fantasma de la ausencia, y a la vez acumular toneladas de energía que asistan al menor de los Ruiz Díaz en la lucha de la que sin duda saldrá victorioso.
Presentados por Mario Pergolini, la banda sumó en el inicio una cuarta pata de lujo:
Diego Arnedo de Divididos. Con él encararon “Y lo que quiero es que pises sin el suelo” y “Magia veneno”, que sonaron tan arrolladoras como perfectamente ensambladas, como si estas dos fuerzas de la naturaleza rockera hubieran nacido para estar juntas.
Luego el “Zorrito” Fabián Von Quintiero se hizo cargo de las cuatro cuerdas para una emotiva versión de “Hablando a tu corazón” de Charly García (“un tema de Dios”, presentó Fernando). Y así fueron desfilando los amigos: Agustín Rocino (bajista de Cuentos Borgeanos), Abril Sosa (primer baterista del grupo), los Massacre en su totalidad (haciendo su tema “Plan B: anhelo de satisfacción”, versionado por Catupecu en El número imperfecto) y los miembros de Cabezones, que con Fernando reemplazando al también convaleciente César Andino hicieron “Pasajero en extinción”, “Mi pequeña infinidad” y “Globo”.

El último invitado fue el gran Zeta (Bosio), ídolo, influencia y amigo inseparable de los Ruiz Díaz. Con él encararon la recta final del show: "Refugio", el cover de Soda Stereo "En remolinos", "En los sueños", "Héroes anónimos” (de Metrópoli) y "A veces vuelvo".
Y luego, la estocada final de este vendaval de sentimientos encontrados de casi tres horas: la emblemática “Dale”, con todos los músicos sobre el escenario (“¡hay como siete tecladistas!”, exclamó Fernando, ante la evidente superpoblación en el puesto de Macabre). Mientras una multitud de hermanos de sangre derramaban su energía en acordes, punteos y golpes de batería, el líder de Catupecu disparaba aquello de “despertate, no estás muerto, no esperes, no... ¡dale!”.
Y entonces todos, sumidos en un pogo demencial, pensaron en la misma persona.
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